Analicemos nuestro mundo actual

Traducción de la conferencia pronunciada por Jean Prouvé en Varsovia en octubre de 1964, con motivo de una exposición francesa de producción industrial. El texto se publicó en Prouvé, Jean et al. (1971). Jean Prouvé : une architecture par l’industrie. Zúrich: Les Éditions d’Architecture Artemis. El título propuesto ha sido seleccionado por el traductor, César Saldaña.


Si les parece bien, analicemos nuestro mundo actual, nuestra época. Inmediatamente veo dos ríos, dos corrientes. La primera es burbujeante, rápida, creciente, dinámica: es la corriente científica. La segunda es lenta, enlodada, llena de malas hierbas; es pantanosa sin ser generadora de calma —¡lejos de eso!—; es la corriente de la vida de los seres humanos, del marco de esa vida.

Adentrémonos en la primera, que acierta de lleno en la Luna. Inevitablemente, todos quedamos seducidos; por lo general, es tan hermoso. Son magníficos el cohete espacial, el avión, el automóvil, nuestra bicicleta, nuestra motocicleta, los trenes, las máquinas, las presas, los puentes, nuestros pequeños barcos, etcétera. No hace falta seguir, basta con ver que toda esa producción científica e industrial es, simplemente, exaltante; lo es incluso sin que se hable de ella, ¡es natural! Sepan que los niños de París pasan su tiempo libre en el aeropuerto de Orly, para ver pasar los jets. Jamás van a ver una ciudad nueva; el lugar donde viven es lo último que les preocupa, ya no les interesa. Es grave, es un hecho.

He mencionado a los niños para tener en cuenta el instinto; reconozcamos que los adultos no escapan a las mismas reacciones.

¿Nos atrevemos a examinar un poco la otra corriente? Abordémosla desde el ángulo de nuestros propios tiempos de ocio, por ejemplo, el de las vacaciones. ¿Qué intentamos encontrar en nuestro país, o incluso en el mundo?

En Francia, tanto para los iniciados como para los demás, el sueño es encontrar refugio en el pasado. Para unos, es la casa de campo provenzal; para otros, la cabaña normanda con entramado de madera, la casa bretona de granito o también el chalet de Saboya, siendo todas esas casas parte de la comunidad aldeana, bien agrupadas, preservando así el paisaje.

Por supuesto, antes de llegar allí, contemplamos lo que el pasado nos ha dejado, y quedamos conmovidos, afectados por emociones urbanísticas y arquitectónicas que, a mi modo de ver, son emociones técnicas; hermosas técnicas, bien concebidas e inspiradas que —como la música y las diversas artes de esas mismas épocas—, no envejecen.

Al mismo tiempo, hemos huido de nuestras ciudades y sus suburbios, y es muy raro que nuestros itinerarios incluyan la visita de una ciudad de construcción reciente. Contrariados, terminamos en uno de esos nuevos pueblos de vacaciones que inevitablemente han destruido el paisaje. Si reflexionamos, constatamos que nuestra época no es armoniosa; las anteriores lo eran mucho más. ¡A la cabaña llegamos en automóvil o en avión! ¿A qué barrio, a qué suburbio llega el piloto del jet que, en pocas horas, ha unido Varsovia con París?

Adaptació de la portada del número 4 (1946) de L’Architecture d’Aujourd’hui

Ese mal parece universal; es muy doloroso en Francia. Algunas estadísticas de origen inglés revelan que:

  1. la decadencia intelectual y espiritual, en comparación con épocas pasadas,, tiene su origen en la vivienda,
  2. el principal obstáculo para el progreso es también una vivienda excesivamente estática.

¿Qué hacer, si estas constataciones son reales?

En nuestra época, la economía manda; hacen falta, ante todo viviendas —muy rápidamente y en gran número— y también escuelas, y todo lo que de ello se deriva.

De pronto, cuando todo ha sido industrializado con éxito desde hace medio siglo, se plantea la cuestión de industrializar la vivienda: es paradójico. Resulta sorprendente que todavía sea necesario hablar de ello, sorprendente que no sea ya un hecho consumado.

¿Qué ha hecho la industria desde la mecanización? Es interesante, es sencillo. Todo lo que ha emprendido con vistas a la difusión —su única razón de ser— ha reducido invariable y regularmente los precios, al tiempo que aumentaba la calidad. Si, por excepción, el precio no ha disminuido, la prestación ha sido siempre muy superior.

Es fácil comprobarlo: vale para el automóvil, la bicicleta, la máquina de coser, el refrigerador, la radio, la ropa, etcétera Ese es el milagro industrial en el que solo la vivienda no ha participado.

Solo la vivienda aumenta de precio, reduce su volumen y baja en calidad: ¡qué fracaso frente a la mayor demanda mundial! ¿En qué viviendas instalamos los nuevos electrodomésticos que deberían liberar a las amas de casa? ¡Qué catástrofe! No debe sorprendernos, entonces, la preocupación general por la modernización de la vieja casa rural.

Comprendéis que exceptúo la vivienda de los privilegiados; me refiero, en efecto, a la vivienda de lo que se llama la mayoría, que, a mi juicio, es la más apta para aceptar instintivamente la vivienda más industrializada y, por tanto, la más evolucionada.

Por experiencia, puedo afirmar que es precisamente esa mayoría la que aceptará espontáneamente reencontrar la armonía perdida.

Corresponde, pues, a la industria actuar sin descuidar sus deberes.

Constatemos también que ciertas épocas pasadas, con sus arquitecturas uniformes, nos han superado en materia de producción en serie, la única que conduce a la economía. Desde el chalet de montaña, a pueblos enteros construidos según planos de madera, hasta incluso los mayores conjuntos urbanos, como el Palais-Royal, la rue de Rivoli o la place Vendôme.

Eso equivalía a una industria siempre adaptada a los medios del momento y al espíritu.

Frente a todo eso, nuestra joven industria de la vivienda es bien pobre, pues aún no ha revelado una arquitectura basada en sus propios medios y carece de espíritu.